Hace unos días fueron las fiestas de mi ciudad. Varios días de calles cerradas, espectáculos en la calle, monumentos en las esquinas, suciedad y alcohol a raudales. Más o menos cualquier fiesta de pueblo pero algo más gorda.
Mi impresión es que todo es más o menos parecido a otros años pero con una capa semitransparente de algo pegajoso y amorfo que lo cubre todo. Una degeneración como cuando se pudre una fruta y la parte externa se vuelve gelatinosa. Como esa leve sensación de vergüenza ajena que nos invade cuando vemos a alguien ir metiéndose en un jardín del cual no tendrá fácil salida pero que solo ronda la puerta sin decidirse a entrar.
Hay mucha más gente por la calle, gente continuamente moviéndose de un lado a otro, aparentemente felices. Es una cosa que ha pasado siempre, pero antes los grupos eran más grandes y la gente menos apresurada por llegar a algún sitio. A pesar de que había muchos menos sitios donde ir. Ahora hay cientos de barras en la calle, casi cualquier negocio tiene su barra en la calle donde tira cerveza a un precio obsceno y vende cualquier mierda fácil de hacer para comer. Además de las barras profesionales, con la decadencia de los negocios de barrio dejando los bajos vacíos. Estos han sido ocupados por grupos de amigos que los alquilan para pasar las fiestas en ellos, uno al lado del otro, casi todos con música estridente saliendo a la calle, olor a fritanga y preparativos de espectáculos patéticos pero que permitan cerrar la calle durante toda la semana.
Se da la paradoja que a pesar de toda esta actividad la gente parece más histérica por hacer cosas, como si lo que estuvieran haciendo no les llenara, las actividades parecen más forzadas, hay menos movimiento de conocidos visitando los locales de sus amigos. Ahora todo el mundo tiene su local para llenar de actividades, ya no vale con ir al de un amigo o compañero de trabajo. Lo importante es el tuyo.
Aquellos que no alcanzan la masa crítica de grupo para que un local sea accesible o, como yo, se han quedado disgregados en un par de parejas (con suerte), quedan expuestos a los saraos municipales donde se vende comida y bebida. Ferias que, en origen, tuvieron una motivación real que ahora ya han perdido. Casetas donde se vende comida que cada año se ha ido homogenizando y encareciendo, así que año a año se observa un descenso de su número y su variedad, a la par que un aumento de su precio y cutrez. Donde antes había un bar de la ciudad o de fuera que solo quería vender más en un sitio más céntrico, ahora hay unos vendedores de kebabs, pizzas o crepes. Negocios donde la comida es cutre y no se esfuerzan en disimularlo, gente que parece que sea la segunda vez que cocinan algo.
Además donde resulta casi indistinguible un mesón de la tapa de una feria de elementos tradicionales..., bueno, en realidad se pueden distinguir, en uno entre caseta y caseta de la misma comida infecta hay baratijas que parecen rescatadas de un contenedor que haya aparecido flotando en nuestras playas. Las baratijas siempre han estado, no nos engañemos, pero convivían con artesanos reales que hacían cosas que tenían sentido, estos artesanos han ido desapareciendo año a año, supongo que asfixiados por los vapores del kebab recalentado y el humo de la fritanga.
Todo esto ha ido pasando mientras unas alimañas iban tomando cada rincón casi sin darnos cuenta: los turistas. Estos turistas ahora invaden las calles, alucinando por mierdas que en su ciudad no les dedicarían ni un segundo de atención. Pero he aquí otra paradoja, los bares con las mesas vacías. Más turistas y mas gente pero menos sentada en los bares. Es una paradoja curiosa que se explica muy fácilmente, el ruido es ensordecedor y la comida de la mayoría de sitios ha descendido a la calidad de las "food trucks" que ahora acompañan cada escenario cutre que no puede dejar ninguna plaza (o cacho libre, no hace falta que sea una plaza) vacía. Así que sentarse en una terraza a tomar una cerveza, una horchata o un café ya no es placentero, el ruido y la gente se han encargado de joderlo. Tampoco ayuda que los bares y restaurantes se enfoquen en ser atractivos para el turista, ya no hay una buena tapa de caracoles u olivas que te zampabas junto a un bocata de buen pan. Ahora todo tiene que ser exótico o enorme, mejor hacer unos calamares con allioli de plancton y ramen acompañados de pan congelado.
Así que mientras los negocios se turistifican para atraer a las alimañas, estas pasan de ellos porque prefieren comerse un cucurucho de patatas y un perrito caliente recalentado a precio de sanidad americana. Así que tenemos negocios que se pelean como ratas por los pocos turistas que hacen gasto, muchos sitios vacíos y la gente de los barrios prefiriendo apestar una calle con una paella hecha entre tubos de escape antes que ir a comerla a un restaurante.
Mientras tanto los políticos muy ufanos de la modernidad, inaugurando mesones que a duras penas encuentran quien pague el canon para participar en ellos, y que están menos frecuentados que nunca. Actos festivos que se esfuerzan en atraer turistas y ser dignos de decorar el estado de whatsapp de alguien. La tradición les importa una mierda y mientras se esfuerzan en destruir la autóctona mientras importan alguna otra que en otro sitio tiene éxito. ¿Qué nunca ha habido ningún interés en una ofrenda floral a un virgen por parte de los habitantes? ¡Qué más da! en XXXXXX funciona y nosotros tendremos la nuestra y será mejor. Siempre me imagino a mi alcaldesa gritándole a otro alcalde: "!Yo creare mi propia ofrenda con casinos y furcias!"
No todo es negativo, todavía hay sitios donde se come bien, espectáculos que no son el enésimo energúmeno con una mesa de mezclas, un grupo tributo o flamenquito cutre de karaoke en antena 3. Pero cada vez son menos, con menos dinero para hacerse y más endebles.
No me gusta nada escribir algo que suena a "antes todo era bueno y ahora todo es una mierda". Pero a veces es que sencillamente todo se ha ido a la mierda.
La decadencia
No sé si es la edad, seguramente lo será, pero me ha invadido una gran sensación de decadencia. Es una sensación que lleva mucho tiempo creciendo dentro de mí, y ahora ha cristalizado con el catalizador de las fiestas. Un torrente de pensamientos que escupo aquí casi sin estructurar.